La televisión es nutritiva

Desde aquel gran éxito del Aviador DRO, ha llovido tanto que hasta el propio aparato ha perdido su verdadera esencia en el hogar.

Recuerdo cuando de pequeño llegó a nuestra casa el primer aparato de televisión. El jolgorio que levantó supuso el antes y el después de la convivencia hogareña, que hasta ese momento había sobrevivido con la maravillosa compañía que sólo la radio puede ofrecer.

El televisor era un Grundig con carcasa de madera, botones súper relieve y pantalla de vidrio curvada con scope negrísimo, a la que acercabas la cabeza, tirándote de los pelos e imantándote el cuerpo entero para el resto del día. La tapa trasera, perforada sabiamente en líneas verticales que disipaban el potente calor que generaba el aparato, tenía además una especial muesca de gran relieve para poder cubrir el corazón del Robocop, o mejor dicho, el cogote del Cortocircuito que lo componía. Recuerdo cuando alguna vez venía el técnico para cambiar alguna lámpara del televisor y abría aquella maleta negra -de varias valijas- en las que se sujetaban decenas de destornilladores con colores diferentes, alicates y tenazas; aunque siempre solía utilizar el mismo destronillador; uno rojo con dos puntas con las que desentornillaba la tapa trasera de la tele y con una brocha le quitaba las pelusas a los circuitos, que -a mí, particularmente- me parecían hechos de «nanoretales».

La tele pesaba 30 kilos

Era como aquello que siempre se nos ha dicho con la electrónica, que «si un aparato pesa es que es bueno». Aquel televisor pesaba más que yo, con mis 12 años cumplidos y mi total admiración -casi hasta el fanatismo- con Mazinger Z; la única doctrina que aquel aparato trajo a mi vida los domingos después de comer. Hasta mi vecino Cristobalín, que no tenía tele, se venía cada domingo a las tres y media a ver el episodio de manga; que en aquellos años tan sólo eran dibujos animados. Me aficioné tanto que recopilé todas las cajas de donuts de «panrico» que en su base traían los dibujos de Mazinger, el Baron Asler, Afrodita A y Koji Kabuto.

El ancho lomo de la televisión daba de sí hasta para albergar una flamenca -no es un tópico, en mi casa teníamos una morenísima que se daba un aire a Sofía Loren con clavel al moño. Y el torito bravo, que no llevaba botines, también lucía fresco y dispuesto a arremeter con sus cuernecillos sintéticos. El torete estaba recubierto como de terciopelo; algo parecido al tacto de la cabeza de los «geyperman». El bicho ni parpadeaba, por mucho que pudiera partirle el alma la tortícolis de aquella postura anti natural que un becerro vivo sólo adopta para trinchar a algún valiente que se le entrometa en la existencia. Braulio, nombre que le pusimos al nuestro, en honor a un tío segundo que mi madre tiene en Cuenca, sólo agachaba el pescuezo ante la muñeca vestida de faralaes que la precedía en la casa; ya que primero llegó ella y -dado que la veteranía es un grado- el morlaco azabache se tragaba el olor a circuito recalentado que vomitaba el aparato sobre el que ambos vivían.

El programa Directísimo

Es verdad que he dicho que sólo los dibujos japoneses de cada domingo tarde me supusieron doctrina ante la tele; pero he de reconocer que una vez sucumbí a los encantos de José María Íñigo; el percusor de lo que hoy quisieran tener las cadenas de televisión; un presentador televisivo como la copa de un pino.

Jose María Íñigo , Uri Geller y la cuchara de marras

Uri Geller me provocó pesadillas

Íñigo lo presentó como el gran ilusionista israelí con poderes psíquicos, aunque para mí era un ser cuasi cósmico que podía doblar cucharas con la mente; aquel truco me hubiera venido de perlas cada vez que había que comerse el plato de alubias -que odiaba- y que con un sencillo acto de telequinesia podría haber hecho desaparecer la triste cuchara a juego con la vajilla Duralex.

Alguna noche me desperté sobresaltado por culpa del ilusionista y sus cucharas dobladas, que me perseguían por la calle mayor hasta el parque del mercado en el que solía jugar al «guá» con mi cuadrilla de amiguotes de la infancia; patata, fuji, calleja, franchorro y guzmán.

Mi madre determinó que se acaba lo de ver la tele por la noche, lo cual le agradeceré eternamente.

Su imagen estimula, mi amor informativo

Como decía al principio, aquella canción del Aviador DRO (y sus obreros especializados) me enganchó hasta el punto de que tras cuarenta años de desarrollo, crecimiento y maduración psíquica y física, digo yo que soy adulto, o al menos le aparento, sigo con el sainete cada vez que entablo alguna conversación sobre el medio televisivo con quien pueda discrepar abiertamente (dis – cre – par, no me digáis que no suena bien el verbo) sobre el daño que ha hecho -y hace- el aparato a la sociedad.

Discrepar

verbo intransitivo

No estar de acuerdo [una persona] con otra en un asunto.
«el periodista discrepa 
de la escritora; discrepa de los criterios de selección de los músicos; nosotros somos los únicos que discrepamos con la dirección de la empresa; los comentaristas discrepan al intentar establecer las causas del fracaso en cuestiones fundamentales»

La caja boba

Aquella vieja televisión, con sus treinta kilos de peso y sus pelusas apiñadas tras la tapa trasera, transformó a la sociedad hasta convertirla en las verdaderas bestias de consumo, que hoy son, quienes entregan su tiempo al absurdo entretenimiento de embobalicarse delante del aparato durante lánguidas horas. Todo el daño que la «caja boba» lleva haciendo a las personas que se prestan a su desdén, es la indiferencia que yo le muestro para devolverle la herida intelectual infringida.

“La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural.” 

Federico Fellini

El televisor pagado a letras

Una de las cuestiones que no ha cambiado mucho, desde aquellas décadas esplendorosas es «comprar electrodomésticos para ser moderno y avanzado» entonces la opción era pagar las letras del televisor. Ahora también pasa que mucha gente decide aplazar el pago del aparato nuevo y -me surge la duda: ¿acaso el tamaño en pulgadas de la nueva tv se corresponde con la pesadumbre de estar pagando 36 meses de cuotas por un electrodoméstico que al día siguiente de llegar al hogar ya está obsoleto?

Es algo así como.. «ya que voy a estar tres años pagando el dicho aparato, al menos me compro uno que me ocupe medio salón comedor y así me parece estar en el cine, lugar donde no podré ir hasta que acabe con las letras»

Anuncios de galletas policromadas..

Te he filmado en un video
Con colores intensos
He visto en mi cadena
Tus mejores fragmentos
Quisiera ver contigo
La tele esta noche
Quisiera instalarme
Una tele en mi coche

Aviador DRO » La televisión es nutritiva»

Aquel discazo descomunal se llamó «Alas sobre el mundo» y en él, el Aviador DRO me excomulgó de cualquier pena o gloria que pudiera corresponderme por el hecho de ser un muchacho, con una docena de años de existencia, entregado al Vibora, Totem, 1984, la música reivindicativa intelectual, y que patinaba por las calles con su patín de rodamientos recogidos en el taller mecánico Manolo, de la vuelta de la esquina.

Teledependencia

El Síndrome de la Teledependencia se basa en la nula capacidad de apagar la «caja tonta» aunque lo que estén «poniendo» sea un bodrio (mayoría de la programación en la televisión actual).

La nueva televisión dista enormemente de los que en su momento fue aquella de mis tiempos infantiles del Sabadabadá, La Bola de Cristal o DiscoPop. Aquellos programas era un arte de la producción audiovisual, nada que ver con los de hoy en día, que parecen sacados de un pozo de sadismo, o del ordenador de cualquier adolescente del siglo veintiuno.

Es verdad que el aparato se concibió, desde sus inicios, como un instrumento de manipulación social -ya entraremos a ese tema en otro artículo- pero lo que nadie hubiera pensado entonces es que la gente se iba a entregar, tan en cuerpo y alma, a la total abstracción de la propia vida que les rodea, a causa de la existencia por la fácil adquisición del aparato televisor.

La pantalla plana mató a la flamenca y al toro

Sin ánimo de extenderme mucho más, prometo una segunda entrega de La televisión es nutritiva, afirmo que las pantallas planas no sólo se han cargado uno de los más originales iconos de la sociedad española; la flamenca y el torito a su lado, sobre el tapete de ganchillo, que cubría el lomo del viejo y original televisor. La nueva televisión ha estrangulado a la inquietud de la gente por culturizarse leyendo un libro, conversando sobre distintos puntos de vista, o sanarse de la sedentaria nueva forma de vida, que apoltrona a las personas en el sofá durante interminables jornadas de realitys, culebrones y programas de corazón, en lugar de mirar por su salud cardiovascular y muscular, ya que como se ha dicho toda la vida; quien mueve las piernas, mueve el corazón. Y esto, lo del corazón -digo- nos lo tenemos que mirar.

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