Gente que no habla a los perros, y ladra a los humanos.

Perros que ladran, gentes que no hablan con humanos


Cada vez veo más seres ausentes deambulando por ciudades. Gente que no habla a los perros, pero ladra a los humanos. Esa gente distraída. Humanos desconectados del momento que viven y ausentes de sí mismos. Perros que miran a sus amos y no entienden lo que ven. Amos pegados a teléfonos móviles superlativos. Gente que no ve mas allá de sus narices.


Érase un naricísimo infinito, muchísimo nariz, nariz tan fiera, que en la cara de Anás fuera delito.

Soneto satírico escrito en el siglo XVII por Francisco de Quevedo parodiando la nariz de Luis de Góngora.



Los narcisistas son entes aislados del curso emocional que discurre por las calles de sus barrios. La nostalgia callejera de cuando fuimos porque estábamos, pero que ahora -ausentes- nos quejamos de los que salen a sacar al perro, que no a pasearlo.


Demasiada gente mirando su ombligo

Gente que deambula fuera del ritmo social que debiera definir la convivencia diaria. Había demasiada gente a la que ir esquivando por las calles, gente mirando a su ombligo y a la pantalla de su móvil. Mucha gente que solo mira su ombligo, y al obligo de su ombligo, y así -sucesivamente- gente perdida en un laberinto de espejos, de una feria de los horrores donde se venden cordones umbilicales garrapiñados; aun no cortados de la idiotez humana.

En ese circo -que siempre es la calle- cada día hay más gente desconectada del lenguaje no verbal que se desarrolla en la escena cotidiana. Hay gente compartiendo mesa y mantel, hablándose por redes sociales, con apenas dos likes y sus sandeces en puntos suspensivos. Lo idiota diferencia a la gente. Hay gente interesante y gente del montón. Y parece claro que ésta -la idiotez- es uno de los síntomas evidentes de la falta de amor cualitativo que necesitan algunos humanos.


Nadar y guardar la ropa

Porque nos creemos rodeados de grandes cantidades de amor. Amor interesado. Virtual. Ese amor que pretende sustituir carencias con la admiración por la vida de otras gentes -con quien se produce una identificación de afinidad- pero que se lucran de los «likes» ajenos.

Ahí está el «quid» de la cuestión, demasiada gente ajena que solo admira una pseudo belleza exterior. Una podredumbre social que desarrolla falsas amistades sustentadas en la identificación y coincidencia de gustos; basados en algoritmos que engullen like´s de moda, viajes, gastronomía, etc..

Luego llega la vergonzosa afición «anti animalista» de consumir perros y gatos con pedigrí, sacrificando la conciencia social de la adopción animal por mera solidaridad. Por corazón.

En las circunstancias actuales, debería prevalecer el espíritu solidario, pero es una lástima que de ello adolezca demasiada gente. Parece una carencia mamada en la infancia, Ya se sabe que se es lo que se mama y también se reproduce el patrón que se haya inculcado.


Cuando te quitan alegría y paz, la vida es un brete que te va abocando a la infelicidad y a la desazón. Te vuelves más reacio socialmente y -ya que somos lo que recibimos- damos lo que somos. Aquí no valen medias tintas, o se es.. o no se es. Fingir que se es buena persona, de cara a la galería, pero luego ser un tirano de puertas adentro; solo apunta a un desequilibrio mental que únicamente lleva a la casilla de salida en la vida de quienes se quieran -a sí mismos- y no se permitan malvivir. Por eso hay gente que lo deja todo y se esfuman de un entorno que sólo les resta.




Una marabunta que contamina corazones

La ingratitud humana genera invisibilidad social a las personas sin hogar.

El sinhogarismo pulula por las calles y desgraciadamente hay cada vez más personas marginadas a las que se ignora o maltrata.

Inevitablemente, compartimos escena urbano o privada con una marabunta que contamina corazones, y quedarse al margen de esa tropelía infame es un signo de inteligencia y de amor propio. Además, marca la diferencia social. El desamor no es más que la ignorancia de que una vida mejor es posible. Esto es necesario para el propio desarrollo personal en equilibrio.

Somos animales sociales y como tal no estamos concebidos para vivir aislados; necesitamos recibir amor igual que necesitamos beber, comer, tomar el sol y el aire, dormir y desarrollar nuestras habilidades para sentirnos realizados y mentalmente sanos. Por ello el amor no puede ser medido ni privado, sino que ha de ser compartido y regalar igual muestra de cariño que la que se obtenga


Perros que aman a su amos

Una amiga -con la que coincido plenamente por el amor a los animales, especialmente a los perros- se diseñó una camiseta en la que rezaba «Sí, soy la loca de los perros ¿Y qué?. Frase lapidaria y elocuente -donde las haya- que tumba cualquier argumento o voz basados en intentar contradecir su pasión animalista.

Mi amiga habla con sus dos perras, ambas la entienden tan perfectamente que sorprendería a cualquiera presenciar esas conversaciones verbales y/o paraverbales que mantiene con sus canes.

Se trata de un diálogo vital, que no es otra cosa que uno de los pilares básicos en la convivencia.


Yo siempre he hablado a mis perros, incluso cuando sueño con ellos también les hablo. Les doy los buenos días -al despertarnos- y ellos me devuelven el saludo con bostezos y graciosos movimiento de cola. Tras el desayuno, cuando salimos a pasear a la calle, suelo dirigirles algún sonido o comentario, y cuando reposo la comida en el sofá, con el café y escuchando música clásica, me siguen atendiendo -observadores siempre- desperdigados por el salón en postura «plas». Alguna tarde también les leo en voz alta, cuentos para perros. Aúllan durante pasajes concretos, y se hacen los dormidos cuando les aburro. Yo también soy un loco de los perros, ¿y qué?




Como es lógico, les llamo la atención cuando hacen algo mal. Ellos saben -perfectamente- si se equivocan, puesto que identifican el tono que utilizo a modo de correctivo.  En esa relación que tenemos las personas que hablamos a nuestros perros, la que casi todo el mundo reconoce tener con sus mascotas -quienes amamos a nuestros perros- también entra el rechazo de un extracto social que nos califica de perturbados o desequilibrados por el hecho de hablarle a los perros.

¿Quién -que comparta su vida una mascota- no habla con ella?. Puedo a aventurarme a asegurar que nadie. Nadie que profese amor a sus perros. Quienes amamos a los canes, hablamos con nuestros perros, y también hablamos a los perros de nuestras amistades. Este ejercicio de amor sincero se desarrolla en un toma y daca constante, los perros contestan siempre de manera sincera. Lo hacen a su forma y método, y nunca se cierran a la sugestión auditiva y visual del humano que se les dirige de buen rollo.

Los perros son tan inteligentes que pueden interpretar el mensaje que proviene de la gente que no les habla, ese lenguaje no verbal -del que hablaba al principio- esencial en la convivencia canina.

 
Por ello, hablando de convivir, pido desde el corazón, y el de mis perros; que cuando retomemos el curso de la vida que se ha visto interrumpido por la epidemia, nos hablemos mucho, entre perros y humanos, siempre con respeto y empatía. Que nos miremos más a los ojos y que al cruzarnos en una plaza, en el autobús o incluso en el ascensor de nuestro edificio, nos saludemos con respeto a quien tengamos delante, sea de dos o de cuatro patas.

Creo que resultará una terapia verdaderamente efectiva para recuperar el amor en la sociedad. 

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